Artesanos del Agilismo

Tras haber sido papi y sumidos en una pandemia mundial, parecía que mi blog definitivamente encallaba; pero no, aquí regresa mi opinión de mierda, especialmente útil y necesaria en las curvas que se avecinan, también en el sector. Este post va dedicado a Eva Lozano, que es quien me ha prestado los libros para su confección, aclarándome dudas y compartiendo preocupaciones.

Me gustaría comenzar esta entrada mencionando que mi acercamiento al desarrollo de software con precisión de cirujano llega a toro pasado, inmediatamente después de dejar de tirar una sola línea de código. De hecho, lo honesto sería aclarar que nunca fui un desarrollador puntero ni apasionado, sino más bien apático pero cumplidor. Si bien hubiera agradecido toparme con excepciones tan gratas de desarrolladores excelsos y sin complejos, como las de Paul Hopton, mentor en mi etapa profesional en Londres, o Fernando Calo, inspirador amigo de la adolescencia, lo cierto es que, sin eludir responsabilidad alguna por mi parte, el gusanillo nunca llegó a picarme del todo y, consciente de mis propias limitaciones, arrastré cierto complejo del impostor -hoy día ni por asomo permitiría algunas situaciones pasadas- que devino en un gran conflicto profesional y vital. Y es que, fustigamientos inanes aparte, la realidad se revelaba clara y meridiana: en mi tiempo libre eran otras aficiones las que ocupaban un lugar preferente.

¿Y para qué todo este rollo autobiográfico introductorio? Pues para dejar claro que aunque tardase mucho tiempo en darme cuenta, desarrollar estaba claro que no era para mí, pero humildemente pienso que sí podía serlo el desarrollo de software, entendido este como una cadena de eslabones donde los desarrolladores obviamente debían ocupar un lugar preponderante dentro de un contexto que, felizmente, cada vez más lo contemplaba. Un contexto impregnado de valores que trascendían el ámbito productivo, al fin y al cabo valores relacionales, sociales e, incluso, si me apuráis, políticos. Dicho contexto tiene nombre, se llama agilismo, y podía y debía propiciarse, incentivarse y/o pelearse en las dosis en que fuera necesario en cada caso por el bien común del sector. Rebobinemos, que uno ya tiene una edad y ha hecho entrevistas en pisos francos y firmado contratos en intercambiadores de autobuses.

Hubo un tiempo no muy lejano en que las cárnicas, el outsourcing del outsourcing, la deslocalización y los frameworks de arrastrar cajitas parecía que iban a arrasar con todo. En que éramos meros recursos colocados aquí o allá, sin apenas relación con el cliente -las jerarquías bien delimitaditas- y en que se valoraba ante todo el compromiso medido en número de horas echadas (especialmente en arreglar ñapas en producción) y el conocimiento cuanto más aislado y específico: ese consultor freelance semidiós en Cobol o administrador de Oracle que llegaba con sigilo, se sentaba en una esquina, revisaba alguna cosa y desaparecía sin haber hablado absolutamente con nadie.

Pero se enarboló con orgullo la bandera del frikismo, amén de que las cuentas no debían salir del todo y de que la demanda de desarrolladores seguía sin satisfacerse, lo cual nos confería cierto margen de exigencia. Y es que, bondades y mentes preclaras al margen, gran culpa de que se pudieran canalizar estas fuerzas transformadoras en realidades plausibles fue debido a que en nuestro sector empezaron a concedernos voz y voto, Maslow y tal. Así pues, se puso mucho énfasis en salir del cubículo de Dilbert y establecer una colaboración más humana con el cliente, más horizontal, directa y eficiente. Se instó a valorar y mimar el trabajo de uno, a mostrarlo con orgullo y a tener una relación más crítica para con lo desarrollado así como con el usuario final. En definitiva, y como ahora se dice, a empoderar a los perfiles técnicos para que no tuvieran que acceder a puestos de gestión para ser reconocidos, sobre todo económicamente. Y se hizo muy bien. Porque gracias a lo que se promulgaba a través del agilismo, no era sólo una cuestión de dignidad, sino también de productividad, calidad y eficiencia, por tanto, un win-win para todos.

En mi caso concreto, este orgullo de desarrollador me llega después, por ósmosis, por empatía y porque, creyendo firmemente en su esencia, valoro mi propia contribución en un ámbito, el del desarrollo de software, que me apasiona. Por ello, me siento aludido cuando se pretende obviar que en toda esa fuerza transformadora no jugase un papel clave un cambio en la mentalidad de los puestos de gestión, precisamente copados, ahora sí, por antiguos desarrolladores. Y quizá ese haya sido el problema: al renegar de la gestión clásica, asociada al ordena y mando, sus jerarquías, sus planes quinquenales y su vasta documentación… hemos caído en un estado de indefinición en el que no ofrecemos el valor tangible que aportaban las coloridas celdas de un Excel antaño. Al haber renegado del management corremos el riesgo de, habiéndolo realmente asumido con otros modos, quedar relegados a ser el secretario del cliente y el tipo majo -cuando se es majo- que se toma cafés con el resto de miembros del equipo. Para más inri, de un tiempo a esta parte, las voces críticas llegan incluso desde dentro, existiendo una notable brecha entre un supuesto agilismo “técnico” y otro “teórico”, entre los freaks herederos de XP y los guays herederos de Scrum. Motivos no faltan y me encantaría intentar diseccionarlos, pero será en otra entrada, que si no va a quedar un tocho infumable y disperso.

Pero, ¿por qué considero todo esto extremadamente peligroso? Porque el contexto expuesto previamente no forma parte de un pasado tan lejano, y es precisamente con el miedo y las incertidumbres que los maniqueísmos acechan, estando, más que nunca, en un momento clave para no ceder en lo ganado. Dejémonos de dogmatismos y aboguemos por un acercamiento en que impere la ideología y no la militancia. Un primer paso sería cohesionar ambas visiones, del todo complementarias, en nuestra búsqueda por llegar a ser Artesanos del Agilismo, tomando para ello como punto de partida la excelencia. Porque si algo hemos aprendido en todo este tiempo de agilismo es que la primacía que otorga no consiste tan sólo en entregar SW que funciona, sino en que este sea, además, de calidad. Y la calidad no puede asumirse de manera implícita. O sí, según se mire. Pero dudo mucho que estemos todavía ahí. Sea como fuere, (re)definamos bien nuestras competencias y apuntalemos dichos valores con sus correspondientes prácticas vigentes desde una gestión de alta calidad que, fomentando la excelencia individual, sirva como contagio en un contexto común, favorable, de equipo. 

Revisemos y apliquémonos, por último, los puntos clave del Agile Craftsmanship: Dignidad, Pragmatismo y Profesionalidad:

  • Dignidad, para ofrecer nuestro trabajo allá donde se aprecie, sin ambages ni reservas, otorgándonos valor.
  • Pragmatismo, para despojarnos de dogmatismos y llamar a las cosas por su nombre (lo que daría para el siguiente post que comentaba).
  • Profesionalidad, para maximizar nuestra aportación mediante un abanico creciente de conocimientos y posibilidades.

La gestión Agile depende, en gran medida, de un desarrollo artesanal y viceversa: Puesto que entregar valor implica entregar calidad, para ello es preciso que al proceso de inspección y adaptación se incorporen técnicas y herramientas que lo cuantifiquen, en una más que natural convergencia técnica y metodológica.

Inspiraciones:

Publicado por Raúl Alonso

Scrum Master apostado en las trincheras del agilismo. No tengo Twitter.

5 comentarios sobre “Artesanos del Agilismo

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